
María Andrea se acaba de levantar. Tuvo ayer un día agotador. De esos que esperás teminar lo antes posible.
La única recompensa luego de aquella jornada tan exhaustiva, era la cena que al final del día podía disfrutar junto a sus seres queridos. Papas con mayonesa, carne rellena con una pasta que nadie debía preguntar cómo estaba formada, y unos rollitos fritos de zapallo o calabaza generaban en ella esa sensación de placer tan agradable como cuando estás buscando algo durante dos horas, desistís de la búsqueda, y lo encontrás sin hacer el mayor esfuerzo. Y ni hablar del postre de chocolate que hizo la abuela. Chocolate y dulce de leche con crema.
Upalalá, ¡qué comida más producida! Si que la gozó María Andrea.
Luego de levantarse, Andrew comienza a preparar nuevamente su día. No tan pesado como el de ayer, pero igual había que mirarlo con cara de guerrera.
La ropa primero, luego la organización de las cosas que debía usar y después su higiene personal. Realizando aquella empresa, nuestro personaje pasa apaciblemente frente al espejo. Algo no está bien. Una imperfección en el rostro la aterra. Un grano de un centímetro de diámetro jústo in the middle of the cejas atormenta su cutis. Con esa tez tan seca y tersa que posee, un granito puede ser su peor enemigo. Y de hecho, lo es.
- ¡No! ¡¿Qué hago?! María Andrea debe tomar una decisión. No puede salir así a la calle y con ojos de cirujana plástica empieza a operarse a si misma. Dedo por aquí, dedo por allá. ¡Uy me marqué con la uña sin querer! Algodón, alcohol. Listo. La operación ha concluído, pero hay un problema. Es verdad que el granito no está mas, lo logramos, pero en vez de ello ha quedado una herida terriblemente más visible que el grano anterior.
¡Yo sabía que no había que tocarlo! ¡Yo sabía! La próxima lo dejo que se cure solo. ¡MMMMMmmmentira!
¡Saludos!