
Hugo escuchaba su canción preferida todo el tiempo. Se bañaba escuchandola. Hacía su comida escuchandola. Salía a correr con el reproductor. Escuchandola. Abrías su heladera... Sonaba su canción preferida. ¿Qué canción tenía de ringtone?... (así es)...
Era su tema elegido, lo bailaba, lo saltaba, lo cantaba y estaba convencido que no existiría una música más excelente y exitante que esa. Placer le daba cuando llegaba a sus oídos.
Sin duda, esta melodía llenaba su alma (porque eso hacen las melodías).
Luego de varios meses y sin intención, Hugo descubrió otra canción.
La nueva melodía comenzó a ganar terreno en su gusto y lentamente fue olvidándose de su tema preferido. Poco a poco, en sus duchas no se oyó mas la ahora "ex-obra maestra". Su ringtone tomó otras tonalidades. Ni él volvió a tararearla por la calle.
Olvidó por completo lo que esa canción significó para él. La despachó para siempre, sin si quiera reconocer los buenos ratos que pasó esuchándola, y lo peor de todo; un día exclamó: "Ya estoy podrido de esta canción, me cansó".