
Vas caminando tranquilo hacia tu casa. O hacia otro lado. Probablemente llegues y te acuestes a la cama para descansar, pero por el momento eso te tiene sin ciudado.
Disfrutás del camino. De los árboles, las nubes, el sol. Pensas las cosas que debés hacer ahora, cuando llegues. Lo que vas a hacer esta noche. La duda existencial: "llego o no llego a tiempo". El color de esa casa. El perro azul que te pasa por un costado. ¿Dónde está el avión que dejó el chorro? O símplemente el camino. Vós solo y el camino, nadie más.
De repente, no era tanta la soledad. Alguien se encuentra detrás de vos. Seguís caminando sin dejar de prestarle atención a sus pasos. Y de acuerdo a tus cálculos, su velocidad no difiere demaciado de la tuya. ¡Caray! ¡Quién será! Aumentan las sospechas.
Aunque te sobrepase todo este embrollo, aún te queda un ás bajo la manga. Una intrépida y arriesgada maniobra que te dé la respuesta que necesitás. Sin vacilar y sin hacer cambios bruscos, bajas tu velocidad. Para que te pase.
Sucede ¿No?
Saludos.