
Estoy por llegar. Ya entré. ¡Uy cuanta gente que hay! Que buen espectáculo. ¡Cuántos fanáticos sintiendo esta adrenalina! Comienza el partido de los sueños. Tacos, rabónas, caños y chilenas hacen babear a la multitud que observa atónita. Una fiesta se vive dentro del estadio.
De pronto. En una jugada desafortunada; Diego, el 10 del equipo es derribado por un fulminante machetazo en la rótula de la rodilla. La gente se puso nerviosa. Incontenibles insultos bajaban como un alud desde los laterales locales, mientras algunos comenzaban ya a palpitar lo peor. Diego no volvería a jugar.
En una arriesgada maniobra de la dirigencia del equipo local, deciden elegir a un jugador. Una voz comunica al estadio que se sorteará el puesto de Diego.
¡Y el número es! ¡822!
Me meto la mano en el bolsillo y toco un papelito. ¡No me digas! Lo saco. ¡Ochocientos veintidos! ¡Ochocientos veintidos! ¡Gané, gané!
No lo puedo creer, soy el diez del equipo. Me miro la camiseta y me doy cuenta lo feliz que estoy.
Ahora voy a ser el mejor jugador. La voy a descocer.
Sin desearlo, en ese instante hacés un viaje astral hasta el presente. Es de noche. Estás despierto, pero recordás el sueño. ¡Qué buen sueño! ¡Que bien la estaba pasando! Por lo menos es la mitad de la noche, buena suerte. Voy a seguir soñando lo mismo.
¡Olé! ¡olé! ¡olé! empezó a cantar la hinchada...